Manifiesto del Sentir

Nacimiento de la Sentiesía

Hay quienes escriben poemas. Hay quienes los leen, los recitan, los lloran. Y hay quienes, como yo, se atreven a habitarlos.

El poema es un templo. El poeta, su sacerdote. Y la poesía, esa llama que arde sin consumirse, es la forma más pura de la emoción hecha palabra.

Pero yo no vengo a escribir poemas. Vengo a sentirlos hasta que me duelan. A tocarlos con el alma desnuda, a respirar sus olores como si fueran milagros que se aspiran. Vengo a robarle voz al poeta y letras a la poesía, no por irreverencia, sino por devoción.

Porque el sentir —ese vértigo que nos sacude por dentro— es, en mi visión, la cúspide de la sensibilidad humana. Más allá de la inspiración, más allá de la emoción, más allá incluso de la materia.

El sentir es el Everest del alma. Es al espíritu lo que el doctorado es al conocimiento: la más alta expresión de nuestra capacidad de percibir, de conmovernos, de ser tocados por lo invisible.

Y en ese vértice nace la sentiesía: una corriente que no se escribe, se respira. Una forma de arte que no se limita a la palabra, sino que la desborda, la desarma, la trasciende.

Quien practica la sentiesía es un sentieta: alguien que no teme exagerar, molestar, estremecer. Que abraza lo conveniente y lo inconveniente, lo humilde y lo extravagante, lo sencillo y lo exquisitamente elegante.

Yo, Jorge Medina Rendón, me declaro sentieta. Y desde hoy, me comprometo a escribir sentiarios: textos que no buscan agradar, sino conmover. Que no piden permiso, pero sí ofrecen disculpas por entrometerse en las tierras sagradas del poeta.

Porque si el poema es un altar, el sentir es la divinidad que lo habita.

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