EL JARDÍN DE LOS SENTIRES:
VOCES QUE FLORECEN
Dicen que hay un lugar que no aparece en los mapas, donde las emociones tienen forma de flor.
Un jardín escondido donde solo florece aquello que ha sido sentido con verdad: la ternura, la rabia, la alegría, la pena, el deseo, el miedo, la esperanza.
Quienes lo encuentran, dicen que escucharon primero un susurro, como si el viento llevara una pregunta:
“¿Te atreves a sentirte vivo de verdad?”
Nadie puede llegar solo. El jardín solo se abre cuando varias voces se reúnen, cada una con su historia.
Este es el relato de un grupo de personas que se atrevieron a buscarlo. Y al encontrarse, florecieron.
- La Llamada de Lúa
Lúa tenía diez años. Su cabello era como la tierra cuando llueve, su mirada como luciérnaga al atardecer.
Una tarde, mientras cuidaba a su abuela dormida, escuchó un murmullo en la selva que rodeaba el caserío.
—¿Y tú qué sientes, Lúa?
Miró alrededor. Nadie. Solo los árboles. Solo el viento.
—Siento miedo de preguntar.
—Entonces empieza por ahí —dijo el viento.
Esa noche, Lúa empacó un cuaderno, una linterna, una flor seca y salió sin que nadie la viera.
No sabía a dónde iba, pero sentía que tenía que buscar algo que no entendía, pero que esperaba.
- Encuentro con Aruan
A la mañana siguiente, al cruzar un río tibio, conoció a Aruan, un joven indígena que tallaba madera junto al agua.
—¿A dónde vas tan sola? —preguntó.
—Busco el Jardín de los Sentires —dijo Lúa.
—¿Para qué?
—Para aprender a sentir sin que me digan que estoy mal.
Aruan bajó la cabeza.
—A mí me enseñaron que llorar es cosa de débiles. Pero yo lloro por dentro, aunque nadie lo vea.
Lúa le tomó la mano.
—Tal vez si lloras afuera, florece algo dentro.
Y Aruan decidió seguirla.
III. Doña Teresa y los cantos de duelo
Días después, en un pueblo escondido entre colinas, se acercaron a un canto que dolía y abrazaba a la vez.
Era Doña Teresa, una mujer negra, con un pañuelo en la cabeza y una voz que hacía vibrar el aire.
—¿Quién canta así, como si la tierra recordara?
—Yo canto por mi madre, por mi abuela, por los que nos prohibieron sentir rabia y dignidad.
—¿Y si cantamos contigo? —preguntó Lúa.
Doña Teresa se rió.
—Entonces sigan. El sentir necesita memoria, pero también camino.
Y se unió a ellos.
- Isa, el niño con alas
En una plaza llena de juegos, un niño pintaba mariposas en su cuaderno.
—Hola, ¿cómo te llamas? —preguntó Aruan.
—Me llamo Isa. Soy un niño. Aunque me dijeron que no lo diga así. Que no soy normal.
Lúa se sentó a su lado.
—¿Y qué sientes, Isa?
—Siento que si pudiera volar, nadie me ataría con palabras.
—Vamos al jardín —dijo Doña Teresa—. Allá no hay jaulas.
Isa sonrió, y el viento sopló más fuerte.
- Yui, la mujer que volvió a llorar
A la entrada de un pueblo gris, conocieron a Yui, una mujer de cabello blanco que cuidaba plantas secas en macetas rotas.
—Antes, yo sentía mucho. Amaba con intensidad. Lloraba por los poemas. Me dijeron que madurar era endurecerse.
—¿Y te sirvió? —preguntó Isa.
—No. Ahora las plantas no florecen. Y yo tampoco.
—Ven con nosotros —dijo Aruan—. Quizás allá llores sin que nadie te juzgue.
Yui levantó una planta seca.
—Si esa flor revive, yo también.
Y la flor reverdeció al primer paso.
- Elías y la danza del alma
En el claro de una montaña, bajo una luna azul, un hombre danzaba solo.
—¿Bailas para ti? —preguntó Lúa.
—Bailo para los que no se atrevieron. Bailo por los besos escondidos. Bailo por los hombres que aman a otros hombres y que aún esconden su ternura.
—¿Y no te da miedo? —preguntó Yui.
—Claro. Pero bailo igual. El amor no debería esconderse.
Elías se unió al grupo. Nadie más habló. Solo siguieron su ritmo, que no pedía permiso.
VII. Nina y Samir: los niños que preguntan
En el último tramo, dos niños corrían entre flores silvestres.
—¿A dónde van? —gritó Lúa.
—¿Y ustedes por qué están tristes y felices al mismo tiempo? —respondieron Nina y Samir.
—Vamos al Jardín de los Sentires.
—¿Se puede ir aunque no se entienda todo?
—Claro —dijo Elías—. Sentir no es saberlo todo. Es atreverse.
Y con risas y preguntas, se completó el círculo.
VIII. El Jardín
Llegaron de noche. La luna iluminaba una puerta de madera vieja, cubierta de enredaderas. No tenía cerradura. Solo un símbolo: un corazón abierto con raíces.
—¿Y si no se abre? —preguntó Isa.
—Se abre con voces, no con llaves —susurró el viento.
Entonces, uno a uno, dijeron lo que sentían:
—Siento rabia.
—Siento deseo.
—Siento ternura.
—Siento confusión.
—Siento orgullo.
—Siento miedo.
—Siento amor.
—Siento ganas de seguir.
La puerta se abrió. Adentro, miles de flores brillaban: unas suaves, otras espinosas, otras con colores imposibles.
Cada flor era un sentir nombrado. Y entre ellas, un árbol grande que hablaba sin palabras.
—Este es el lugar donde todo lo que sientes tiene un lugar. No hay emociones prohibidas. Solo emociones ignoradas.
—¿Y si me duele? —preguntó Nina.
—El dolor también florece si se escucha —dijo el árbol.
Y danzaron. Cantaron. Lloraron. Se abrazaron. No todos estaban de acuerdo. Pero todos eran escuchados.
Y al salir del jardín, llevaban una semilla en el pecho.
Una semilla que crecería cada vez que se atrevieran a sentir.
Epílogo
Si alguna vez escuchas una pregunta en el viento,
si alguna vez lloras sin explicación,
si alguna vez sientes algo que no sabes nombrar…
Tal vez estés más cerca del Jardín de los Sentires de lo que crees.
Porque sentir no es un error.
Es la puerta secreta a lo que somos.